Introducción: El Siglo XVIII en España: Marco Histórico y Cultural de la Ilustración
La Prosa y el Ensayo Didáctico: Benito Jerónimo Feijoo y Gaspar Melchor de Jovellanos
Otras Formas de Prosa: Ficción, Sátira y Erudición
La Poesía del Siglo XVIII: Entre el Rococó y el Neoclasicismo
El Teatro Neoclásico: La Reforma Teatral y Leandro Fernández de Moratín
Desarrollo del tema
# T55. La literatura del siglo XVIII. El ensayo. Prosa de creación. Teatro y poesía.
## Introducción: El Siglo XVIII en España: Marco Histórico y Cultural de la Ilustración
El siglo XVIII en España, conocido como el Siglo de las Luces, representa un periodo de profundas transformaciones políticas, sociales y culturales, marcadas por la llegada de la dinastía borbónica con Felipe V en 1700. Este cambio dinástico, consolidado tras la Guerra de Sucesión, trajo consigo un modelo de estado centralista y una fuerte influencia del racionalismo francés, que se convirtió en el motor de la Ilustración española. Este movimiento intelectual abogaba por la razón, la ciencia y la educación como instrumentos para alcanzar el progreso y la felicidad pública. La literatura de este siglo será, en gran medida, un reflejo de estas nuevas ideas, adoptando una función eminentemente didáctica y crítica. Autores como Feijoo y Jovellanos utilizarán sus escritos para combatir la superstición y promover la reforma de la sociedad.
El contexto cultural se ve enriquecido por la creación de instituciones clave que canalizaron el espíritu ilustrado, como la Real Academia Española (1713), cuyo lema "Limpia, fija y da esplendor" resume el afán normativo y de estandarización del idioma. También se fundaron la Real Academia de la Historia (1738) y la Biblioteca Nacional. Estas instituciones, junto con las Sociedades Económicas de Amigos del País, fueron focos de difusión del conocimiento y de debate sobre las reformas necesarias para modernizar España. La legislación de la época, como los decretos de Nueva Planta, buscó unificar la administración del reino, reflejando el deseo de orden y racionalidad que también impregnaría las artes. La estética predominante será el Neoclasicismo, que, inspirado en los modelos grecolatinos, impone una vuelta a la claridad, la armonía y el buen gusto, rechazando los excesos del Barroco. Esta normativa se plasmará en poéticas como la de Ignacio de Luzán, "Poética o reglas de la poesía en general y de sus principales especies" (1737), que se convertirá en el código del nuevo gusto literario y teatral.
## La Prosa y el Ensayo Didáctico: Benito Jerónimo Feijoo y Gaspar Melchor de Jovellanos
La prosa del siglo XVIII es, fundamentalmente, una prosa de ideas. El género que mejor encarna el espíritu ilustrado es el ensayo, vehículo perfecto para la crítica y la divulgación del conocimiento. La figura que inicia esta corriente es el benedictino Benito Jerónimo Feijoo. Su obra monumental, el "Teatro crítico universal" (1726-1739) y las "Cartas eruditas y curiosas" (1742-1760), constituye una enciclopedia del saber de su tiempo. Feijoo, con un estilo claro y directo, se propuso desterrar los errores comunes y las supersticiones ("cazar vulgaridades", en sus palabras), aplicando la razón y el método experimental a todo tipo de temas, desde la ciencia y la medicina hasta la historia y la teología. Su escepticismo metódico y su defensa del conocimiento empírico lo convierten en el primer gran ensayista moderno de la literatura española.
En la segunda mitad del siglo, Gaspar Melchor de Jovellanos representa la culminación del pensamiento ilustrado. Político, jurista y escritor, su obra refleja una profunda preocupación por la decadencia de España y la necesidad de reformas estructurales. Su ensayo más célebre, el "Informe en el expediente de Ley Agraria" (1795), es un riguroso análisis de los problemas del campo español y una audaz propuesta de reforma. Jovellanos también cultivó otros géneros, como la poesía y el teatro, pero es en sus ensayos y memorias donde su pensamiento alcanza mayor altura. En obras como "Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas" o sus "Diarios", demuestra una vasta cultura y un espíritu reformista que abarca todos los ámbitos de la vida pública. Su prosa, más cuidada y solemne que la de Feijoo, se caracteriza por su rigor intelectual y su compromiso cívico, siendo el perfecto ejemplo del intelectual ilustrado al servicio del estado.
## Otras Formas de Prosa: Ficción, Sátira y Erudición
Aunque el ensayo didáctico fue el género dominante, la prosa del siglo XVIII también exploró otros caminos. Uno de los prosistas más originales fue José Cadalso, cuya obra "Cartas marruecas" (publicada póstumamente en 1789) ofrece una visión crítica de la sociedad española a través de la mirada de un joven marroquí, Gazel. Mediante el género epistolar, Cadalso analiza con ironía las costumbres, los vicios y las virtudes de la España de su tiempo, contraponiendo la perspectiva del extranjero con la de su mentor español, Nuño. Otra de sus obras destacadas, "Noches lúgubres", se adentra en una prosa sentimental y prerromántica, anunciando la sensibilidad que triunfará en el siglo siguiente.
En un registro diferente, encontramos a Diego de Torres Villarroel, catedrático de matemáticas en Salamanca, cuya "Vida, ascendencia, nacimiento, crianza y aventuras" es una de las autobiografías más fascinantes de la literatura española. Escrita con un estilo desenfadado y enérgico, heredero de la picaresca y de Quevedo, narra sus peripecias con un vitalismo y una sinceridad poco comunes. También destaca la prosa satírica del jesuita José Francisco de Isla, famoso por su novela "Historia del famoso predicador Fray Gerundio de Campazas, alias Zotes" (1758). En ella, critica mordazmente la oratoria barroca, pomposa y hueca, que aún pervivía en los púlpitos, defendiendo un estilo más llano y directo, acorde con los ideales de claridad de la Ilustración. La obra tuvo un éxito inmenso y provocó una gran polémica, llegando a ser prohibida por la Inquisición, lo que demuestra el poder de la literatura como herramienta de crítica social y cultural en este siglo.
## La Poesía del Siglo XVIII: Entre el Rococó y el Neoclasicismo
La poesía dieciochesca se debate entre la pervivencia de formas barrocas y la imposición del gusto neoclásico. Durante la primera mitad del siglo, la lírica carece de grandes figuras y se mueve en una imitación de los modelos del Siglo de Oro, aunque con menor brillantez. Sin embargo, en la segunda mitad del siglo, con el Neoclasicismo plenamente asentado, la poesía cobra un nuevo impulso, aunque siempre subordinada a la razón y a una finalidad educativa o moral. Surgen varias escuelas o grupos poéticos, destacando la Escuela de Salamanca, en torno a la figura de Fray Diego Tadeo González. El poeta más importante de este grupo es Juan Meléndez Valdés, considerado la gran figura lírica del siglo. Su obra evoluciona desde una poesía anacreóntica y rococó en su juventud, centrada en temas pastoriles y amorosos ("La paloma de Filis"), hacia una poesía filosófica y comprometida con las ideas ilustradas en su madurez, como en sus "Odas filosóficas y sagradas". Su "Epístola a Jovino" (dirigida a Jovellanos) es un perfecto ejemplo de la poesía ilustrada, donde expone la necesidad de una literatura útil para la sociedad.
Otra corriente poética relevante es la de la Escuela Sevillana, de un carácter más colorista y aún con ciertas reminiscencias barrocas, con autores como Manuel María de Arjona o José María Blanco White. Además de la poesía lírica, se cultivaron otros géneros como la fábula, que por su carácter didáctico gozó de gran popularidad. Los dos grandes fabulistas del siglo fueron Tomás de Iriarte ("Fábulas literarias") y Félix María Samaniego ("Fábulas morales"). Ambos utilizan composiciones breves y sencillas protagonizadas por animales para transmitir una enseñanza moral, si bien las de Iriarte tienen un carácter más literario y metaliterario, criticando los vicios de los escritores de su tiempo.
## El Teatro Neoclásico: La Reforma Teatral y Leandro Fernández de Moratín
El teatro del siglo XVIII es un campo de batalla entre los defensores del teatro barroco español, popular y exitoso, y los reformistas ilustrados, que abogaban por un teatro sometido a las reglas del Neoclasicismo. Ignacio de Luzán, en su "Poética", sentó las bases teóricas de esta reforma, exigiendo el cumplimiento de la regla de las tres unidades (acción, tiempo y lugar), la separación de géneros (tragedia y comedia), y la verosimilitud. El objetivo era crear un teatro que fuera a la vez educativo y placentero, un "espectáculo racional". Los gobiernos ilustrados, especialmente bajo el reinado de Carlos III, apoyaron esta reforma con medidas como la prohibición de los autos sacramentales en 1765.
La figura que mejor encarna el triunfo de la comedia neoclásica es Leandro Fernández de Moratín. Su producción dramática es breve pero de una calidad excepcional. Obras como "La comedia nueva o el café" (1792) son una sátira contra los malos dramaturgos que seguían la fórmula barroca, mientras que su obra maestra, "El sí de las niñas" (1806), es el ejemplo perfecto de la comedia neoclásica. En ella, Moratín critica una de las lacras sociales de su tiempo: los matrimonios de conveniencia y la falta de libertad de las jóvenes para elegir esposo. La obra respeta escrupulosamente las tres unidades (la acción transcurre en una posada de Alcalá de Henares, en menos de 24 horas), y está escrita en una prosa natural y elegante. A través del personaje de Don Diego, Moratín expone un ideal educativo basado en la razón, la confianza y el respeto a la libertad individual, cumpliendo así el propósito ilustrado de "enseñar deleitando". Su éxito marcó la consolidación del modelo teatral neoclásico en España.
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