T33. El discurso literario como producto lingüístico, estético y social. Los recursos expresivos de la literatura. Estilística y retórica.
El discurso literario constituye un uso singular del lenguaje, una forma de comunicación que trasciende la mera transmisión de información para convertirse en una manifestación artística. La ley educativa vigente en España, la LOMLOE, subraya la importancia de la competencia en comunicación lingüística, y dentro de ella, la capacidad de leer, comprender e interpretar de forma crítica obras literarias representativas. Abordar el estudio del discurso literario desde una triple perspectiva —lingüística, estética y social— es fundamental para una formación integral del alumnado de Educación Secundaria. Este enfoque no solo enriquece la comprensión lectora, sino que también fomenta una visión crítica del mundo y del hecho cultural. Lingüísticamente, la literatura explota la función poética del lenguaje, tal como la definió Roman Jakobson, centrando la atención en la forma del mensaje por sí misma. Estéticamente, se rige por la búsqueda de la belleza y la creación de mundos posibles a través de la palabra, generando un pacto de ficción con el lector. Socialmente, toda obra literaria es producto de un contexto histórico y cultural concreto, y a la vez, actúa como agente transformador de la sociedad, reflejando sus valores, tensiones y aspiraciones. Teóricos como Mijaíl Bajtín, con su concepto de dialogismo, han puesto de manifiesto cómo la obra literaria es un crisol de voces sociales, un espacio donde se cruzan y dialogan discursos diversos. Por tanto, analizar una obra literaria implica desentrañar su complejidad como artefacto verbal (lingüística), como objeto de goce estético (estética) y como documento y agente de una cultura (social). Esta visión integradora permite al docente ofrecer herramientas al alumnado para que no solo sean consumidores de literatura, sino también intérpretes competentes y críticos del complejo entramado cultural que representan las obras literarias.
La dimensión lingüística del discurso literario se centra en el concepto de "literariedad" (литературность), acuñado por los formalistas rusos a principios del siglo XX. Roman Jakobson, en su obra "Lingüística y Poética" (1960), lo definió como aquello que hace de una obra dada una obra literaria. No se trata de una cualidad inherente al tema, sino de un uso específico del lenguaje. El lenguaje literario se caracteriza por su desvío de la norma o uso estándar (la lengua común) para intensificar el mensaje. Este desvío se manifiesta en todos los niveles del lenguaje. En el nivel fónico, a través de la aliteración, la paronomasia o el ritmo, que crean una musicalidad y efectos sensoriales específicos. En el nivel morfosintáctico, mediante la alteración del orden habitual de las palabras (hipérbaton), la elipsis o el polisíndeton, que afectan al tempo y al foco narrativo. En el nivel léxico-semántico, el lenguaje literario se distingue por su plurisignificación y connotación. A diferencia del lenguaje científico, que busca la monosignificación y la denotación, la palabra literaria se carga de significados múltiples, abiertos a la interpretación del lector. Figuras como la metáfora, el símbolo o la metonimia son mecanismos clave en este proceso. El Grupo µ, en su "Retórica General" (1970), sistematizó estos desvíos bajo el nombre de "metábolas", clasificándolos en metaplasmos (nivel fónico), metataxis (sintáctico) y metasememas (semántico). La pragmática literaria también es crucial: el pacto de ficción entre autor y lector suspende las máximas conversacionales de Grice. No se espera que lo dicho sea literalmente verdadero, sino verosímil dentro del universo creado. La estilística de la desviación, con representantes como Leo Spitzer o Dámaso Alonso, se centró precisamente en analizar cómo el uso particular del lenguaje por parte de un autor (su "estilo") se aleja de la norma de su época para crear un efecto estético único.
La dimensión estética del discurso literario se vincula intrínsecamente a la función poética del lenguaje, centrada en el mensaje por el mensaje mismo. El objetivo no es primordialmente informar, persuadir o instruir, sino crear un objeto verbal que provoque una experiencia estética en el receptor. Esta experiencia, el goce estético, se deriva de la percepción de la forma, de la belleza y de la coherencia interna de la obra. La Estética como disciplina filosófica, desde Baumgarten en el siglo XVIII hasta las teorías contemporáneas, ha intentado definir la naturaleza de lo bello y del arte. En literatura, Immanuel Kant, en su "Crítica del Juicio" (1790), habló del "juego libre de las facultades" (imaginación y entendimiento) que produce un placer desinteresado. La obra literaria nos atrae por su estructura, su ritmo, su imaginería y su capacidad para evocar emociones y reflexiones sin un fin práctico inmediato. Hans-Robert Jauss, de la Escuela de Constanza, desarrolló la Estética de la Recepción en los años 70, desplazando el foco del autor o del texto al lector. Jauss argumenta que el valor estético de una obra reside en su capacidad para romper el "horizonte de expectativas" del lector, es decir, para desafiar las convenciones literarias y perceptivas de su tiempo. Una obra que simplemente confirma lo que el lector ya espera puede ser entretenida, pero una gran obra transforma su percepción. Este proceso de lectura activa, donde el lector "llena los vacíos" del texto (concepto de Wolfgang Iser), es fundamental para la construcción del significado y la experiencia estética. Por tanto, educar estéticamente al alumnado implica dotarles de las herramientas para apreciar la complejidad formal de los textos, para reconocer las tradiciones en las que se inscriben y las rupturas que proponen, y para disfrutar del proceso de interpretación como un diálogo creativo con la obra.
La literatura es, ineludiblemente, un fenómeno social. Nace en una sociedad y un tiempo concretos, y su producción, circulación y recepción están condicionadas por factores culturales, económicos e ideológicos. La sociología de la literatura, con teóricos como Georg Lukács o Lucien Goldmann, ha explorado la relación entre las estructuras sociales y las formas literarias. Lukács, desde una perspectiva marxista, veía la novela realista del siglo XIX como un reflejo de las contradicciones de la sociedad burguesa. Goldmann, con su "estructuralismo genético", propuso que las grandes obras literarias expresan la "visión del mundo" de un grupo social particular en un momento histórico determinado. Más allá de ser un mero reflejo, la literatura también es un agente activo en la construcción de la realidad social. Pierre Bourdieu analizó el "campo literario" como un espacio social de lucha simbólica, donde autores, editores, críticos e instituciones compiten por el prestigio y la legitimidad cultural. Las obras literarias no solo representan el mundo, sino que también contribuyen a conformar el imaginario colectivo, a crear identidades nacionales, a cuestionar o reforzar ideologías dominantes y a dar voz a los grupos marginados. Por ejemplo, la novela social de los años 50 en España (el realismo social) fue un intento de denunciar las condiciones de vida bajo el franquismo, asumiendo un claro compromiso político. En la actualidad, movimientos como la literatura poscolonial o la literatura escrita por mujeres han visibilizado experiencias y perspectivas históricamente silenciadas, desafiando el canon literario tradicional. El currículo de la LOMLOE promueve el desarrollo de una conciencia crítica y un compromiso cívico, y el análisis de la dimensión social de la literatura es una herramienta poderosa para este fin. Permite a los estudiantes comprender que los textos no son objetos aislados y atemporales, sino discursos que participan activamente en los debates y conflictos de la sociedad.
La Retórica, nacida en la Grecia clásica con figuras como Aristóteles ("Retórica"), era el arte de la persuasión a través del discurso. Aunque originalmente ligada a la oratoria política y judicial, sus herramientas de análisis y producción textual (inventio, dispositio, elocutio) fueron fundamentales para la teoría literaria durante siglos. La "elocutio", que se ocupa del estilo y del adorno del discurso, es el germen de las modernas figuras retóricas. La Estilística, por su parte, surge como disciplina a finales del siglo XIX y principios del XX, con el objetivo de estudiar el estilo como un rasgo distintivo del texto literario. Charles Bally, discípulo de Saussure, la concibió como el estudio de los recursos afectivos del lenguaje. La estilística idealista de Karl Vossler y Leo Spitzer se centró en el estilo como expresión del "espíritu" individual del autor o de una nación. Spitzer, en particular, desarrolló el método del "círculo filológico", que parte de un detalle lingüístico recurrente para llegar al núcleo espiritual o psicológico de la obra. Por otro lado, la estilística descriptiva o estructural (Dámaso Alonso, Carlos Bousoño) se enfoca en el análisis objetivo de los recursos lingüísticos del texto y su función poética, sin inferir necesariamente la psicología del autor. La retórica y la estilística proporcionan el metalenguaje necesario para analizar el discurso literario de manera rigurosa. Conceptos como metáfora, metonimia, ironía, elipsis, hipérbaton, etc., no son meras etiquetas clasificatorias, sino herramientas que permiten describir con precisión cómo un texto produce determinados efectos de sentido y estéticos. En el aula, enseñar a identificar y analizar estos recursos no debe ser un fin en sí mismo, sino un medio para profundizar en la interpretación del texto, para entender cómo la forma contribuye al significado y para que los alumnos puedan aplicar conscientemente estos recursos en sus propias producciones escritas, mejorando así su competencia comunicativa. La Nueva Retórica de Chaïm Perelman y el Grupo µ han revitalizado estos estudios, conectándolos con la pragmática y la teoría de la argumentación.