T54. Los teatros nacionales de Inglaterra y Francia en el Barroco
El teatro barroco, desarrollado fundamentalmente durante el siglo XVII, es un reflejo de las tensiones y la magnificencia de una época marcada por profundas transformaciones políticas, religiosas y sociales. Europa se encontraba inmersa en el conflicto entre la Reforma protestante y la Contrarreforma católica, así como en la consolidación de los estados absolutistas, con monarcas como Luis XIV en Francia que utilizaban el arte como instrumento de propaganda y exaltación de su poder. Este contexto de crisis y esplendor se traduce en un arte que busca impresionar, conmover y persuadir al espectador. El teatro se convierte en el gran espectáculo de masas, abandonando los espacios cortesanos para instalarse en corrales de comedias (España) o teatros permanentes (Inglaterra, Francia), accesibles a un público más amplio y diverso.
Estilísticamente, el teatro barroco rompe con los preceptos clasicistas del Renacimiento, aunque en Francia se mantendrá un mayor apego a las reglas. A nivel general, se caracteriza por la ruptura de las unidades aristotélicas de tiempo, lugar y acción, permitiendo que las tramas se desarrollen en múltiples localizaciones y a lo largo de extensos periodos. Se mezcla lo trágico con lo cómico, dando lugar a géneros híbridos como la tragicomedia, que reflejan mejor la complejidad de la vida. Las tramas se vuelven complejas, con múltiples intrigas, personajes y subtramas que se entrelazan. El lenguaje se enriquece con recursos retóricos, metáforas y un vocabulario elaborado, buscando siempre la brillantez y el ingenio verbal. La escenografía adquiere una importancia capital: se utilizan maquinarias complejas (tramoyas, grúas) para crear efectos especiales sorprendentes, como apariciones, desapariciones o vuelos, buscando la espectacularidad y el asombro del público. Los temas recurrentes son el honor, la religión, el poder, la fugacidad de la vida (tópico del tempus fugit), la tensión entre la realidad y la apariencia (theatrum mundi), y las pasiones humanas llevadas al extremo.
El teatro inglés del Barroco, que abarca los periodos isabelino (1558-1603) y jacobino (1603-1625), representa una de las cimas de la literatura universal. Este auge fue posible gracias a la construcción de teatros públicos permanentes en Londres, como The Theatre (1576), The Curtain o el más famoso, The Globe (1599), que acogían a un público socialmente heterogéneo. La estructura de estos teatros, con un escenario que se adentraba en el patio, permitía una gran proximidad entre actores y espectadores, creando una experiencia inmersiva.
La figura dominante de este periodo es, sin duda, William Shakespeare (1564-1616). Su obra es un compendio de la condición humana, explorando las pasiones con una profundidad psicológica sin precedentes. Shakespeare cultivó todos los géneros: la tragedia, con obras maestras como Hamlet, Macbeth, Otelo y El rey Lear, donde analiza la ambición, los celos, la locura y la vejez; la comedia, como El sueño de una noche de verano o Como gustéis, llenas de enredo, magia y optimismo; y el drama histórico, que exalta la identidad nacional inglesa, como en Ricardo III o Enrique V. Su dominio del lenguaje es absoluto, alternando el verso blanco (pentámetro yámbico sin rima) para los personajes nobles, con la prosa para las escenas cómicas o los personajes de baja condición. Creó arquetipos universales y perfeccionó el uso del soliloquio como herramienta para revelar el mundo interior de sus personajes.
Junto a Shakespeare, otros dramaturgos contribuyeron a la grandeza de la escena inglesa. Christopher Marlowe (1564-1593), con su Doctor Fausto, exploró el tema del pacto con el diablo y la soberbia humana. Ben Jonson (1572-1637), por su parte, desarrolló la "comedia de los humores", una sátira de los tipos sociales de su época, en obras como Volpone o El alquimista, mostrando un enfoque más clasicista y moralizante que Shakespeare. El cierre de los teatros por orden puritana en 1642 puso fin a esta era dorada.
Tras el paréntesis puritano, la restauración de la monarquía en 1660 con Carlos II, quien había estado exiliado en la corte francesa, trajo consigo una nueva forma de entender el teatro. Se reabrieron los teatros, pero esta vez con importantes novedades: las mujeres pudieron actuar por primera vez en Inglaterra, y la arquitectura de los teatros se adaptó al modelo italiano, con un arco de proscenio que separaba claramente el escenario del público. El público también cambió, volviéndose más aristocrático y cortesano, lo que demandaba un tipo de obra más sofisticado y cínico.
Nace así la Comedia de la Restauración (Comedy of Manners), un género satírico, ingenioso y a menudo licencioso que critica las costumbres y la moral relajada de la alta sociedad londinense. Su tema central son las relaciones amorosas y el matrimonio, vistos como un juego de ingenio, interés y deseo. El diálogo es brillante, rápido y lleno de agudezas (wit), y los personajes suelen ser arquetipos como el libertino galante (rake), la joven ingenua, el viejo celoso o la dama de mundo. La trama se articula en torno al enredo, el engaño y la intriga amorosa.
Entre sus principales exponentes destacan William Wycherley (1641-1716), cuya obra La esposa del campo (1675) es un ejemplo paradigmático por su crítica feroz a la hipocresía sexual y la falsedad social. George Etherege (c. 1636-1692) es considerado el iniciador del género con obras como El hombre a la moda. Sin embargo, la culminación de la Comedia de la Restauración llegó con William Congreve (1670-1729) y su obra El camino del mundo (1700), considerada una obra maestra por la complejidad de su trama, la brillantez de sus diálogos y la profundidad de su sátira sobre el matrimonio como contrato social. Este tipo de comedia declinó a principios del siglo XVIII, dando paso a un teatro más sentimental y moralizante.
El teatro francés del siglo XVII, conocido como Clasicismo Francés, se desarrolló bajo la influencia del absolutismo monárquico de Luis XIII y, especialmente, de Luis XIV, el "Rey Sol". A diferencia del modelo inglés o español, el teatro francés se caracterizó por su aspiración a la regularidad, la claridad y el buen gusto, siguiendo los preceptos de la doctrina clasicista inspirada en los teóricos italianos del Renacimiento y en la Poética de Aristóteles. El cardenal Richelieu, primer ministro de Luis XIII, jugó un papel clave al fundar la Academia Francesa en 1635, institución que velaba por la pureza de la lengua y las normas literarias.
La doctrina clásica exigía el cumplimiento estricto de la regla de las tres unidades: unidad de acción (una sola trama principal, sin subtramas), unidad de tiempo (la acción debía transcurrir en un máximo de 24 horas) y unidad de lugar (un único espacio escénico). Además, se imponía el principio del decoro, según el cual los personajes debían comportarse y hablar de acuerdo a su condición social, y se prohibía mezclar lo trágico y lo cómico, manteniendo una estricta separación de géneros. La verosimilitud era otro pilar fundamental: la trama debía ser creíble y racional, evitando lo fantástico o lo excesivamente complejo.
Este teatro alcanzó su máximo esplendor institucional con la creación de la Comédie-Française en 1680 por decreto de Luis XIV. Surgida de la fusión de las dos compañías teatrales más importantes de París, se convirtió en el primer teatro nacional del mundo, con un estatus oficial y el monopolio de las representaciones en francés en la capital. Su creación consolidó un estilo de actuación y un repertorio canónico que han perdurado hasta hoy, convirtiéndola en un símbolo de la cultura francesa y un baluarte del teatro clásico.
El Clasicismo Francés dio a luz a tres dramaturgos que llevaron el teatro a su máxima expresión, cada uno dominando un aspecto del arte escénico. Pierre Corneille (1606-1684) es el maestro de la tragedia heroica. Su obra más famosa, El Cid (1637), aunque generó una gran controversia por no ajustarse completamente a las reglas, sentó las bases del teatro clásico. El teatro de Corneille se centra en el conflicto entre el deber (el honor, la patria) y los sentimientos personales (el amor). Sus personajes son seres extraordinarios, dotados de una voluntad férrea, que se enfrentan a dilemas morales y decisiones trascendentales, como en Horacio o Cinna.
Jean Racine (1639-1699) representa la cumbre de la tragedia clásica. A diferencia de Corneille, Racine explora el mundo interior de los personajes, centrándose en la fatalidad de las pasiones. Sus protagonistas, a menudo inspirados en la mitología griega, son arrastrados por un amor no correspondido, los celos o la ambición, que los conducen inevitablemente a la destrucción. El lenguaje de Racine es de una pureza y musicalidad extraordinarias, despojando la acción de elementos externos para concentrarse en la crisis psicológica. Obras como Andrómaca, Británico y, sobre todo, Fedra (1677), son modelos perfectos de la tragedia clásica por su rigor formal y su profunda exploración del alma humana.
Molière (Jean-Baptiste Poquelin, 1622-1673) es, sin lugar a dudas, el genio de la comedia francesa. Actor, director y autor, llevó el género a una nueva dimensión social y filosófica. A través de la risa, Molière realizó una profunda crítica de las costumbres y vicios de su tiempo: la hipocresía religiosa en Tartufo, la avaricia en El avaro, la pedantería de los falsos sabios en Las preciosas ridículas o la misantropía en El misántropo. Creó personajes arquetípicos inolvidables y perfeccionó la "comedia de carácter". Su obra combina la farsa con una reflexión moral profunda, defendiendo siempre la naturalidad y el sentido común frente a la afectación y el dogmatismo.