T31. La literatura infantil y juvenil. El fomento de la lectura. Estrategias para desarrollar el hábito lector y la competencia literaria en la Educación Primaria.
La Literatura Infantil y Juvenil (LIJ) constituye un pilar fundamental en el desarrollo integral del alumnado de Educación Primaria. No se trata de una literatura menor o simplificada, sino de un campo literario con entidad propia, caracterizado por la adaptación de sus estructuras, temas y lenguaje a las competencias y horizontes de expectativas de sus destinatarios, pero sin renunciar a la calidad estética y a la profundidad temática. Autores como Juan Cervera o Teresa Colomer han definido sus contornos, destacando la función esencial del receptor infantil o juvenil en la propia concepción de la obra. La LIJ abarca desde los cuentos de hadas tradicionales, recopilados por los hermanos Grimm o Perrault, hasta las complejas narrativas transmedia actuales. Su valor educativo es incalculable: fomenta el desarrollo cognitivo, lingüístico, afectivo, social y estético. A través de la literatura, el niño explora otros mundos, desarrolla la empatía al ponerse en el lugar de los personajes, amplía su vocabulario y consolida estructuras sintácticas complejas de manera lúdica y significativa. La legislación educativa vigente en España, la LOMLOE (Ley Orgánica 3/2020, de 29 de diciembre), subraya la importancia de la lectura y la educación literaria. En el área de Lengua Castellana y Literatura, se establece explícitamente el desarrollo de la competencia literaria como uno de los objetivos clave, promoviendo la lectura de obras variadas y de calidad, y la construcción progresiva de un criterio lector propio. Este tema abordará, por tanto, el universo de la LIJ, las estrategias para el fomento del hábito lector y el desarrollo de la competencia literaria, elementos cruciales para formar ciudadanos críticos, cultos y con una rica vida interior.
El desarrollo del hábito lector es un proceso complejo y multifactorial que trasciende la mera capacidad de decodificar un texto. Según Daniel Pennac en su obra "Como una novela", el verbo "leer" no soporta el imperativo; el gusto por la lectura debe nacer de la libertad y el placer. Entre los factores que determinan su adquisición, podemos distinguir los intrínsecos al individuo y los extrínsecos o contextuales. Los factores intrínsecos incluyen la madurez cognitiva y emocional del niño, sus intereses personales y sus experiencias previas con la lectura. Los factores extrínsecos son cruciales y es donde la intervención educativa cobra mayor sentido. El entorno familiar es el primer y más influyente agente: un hogar con libros, donde los adultos leen y comparten lecturas, crea un modelo positivo y accesible. El segundo agente es la escuela. El docente actúa como mediador fundamental, seleccionando textos atractivos, creando espacios y tiempos para la lectura placentera y diseñando actividades que conecten los libros con la vida del alumnado. La evolución del hábito lector sigue varias etapas, como describió Aidan Chambers. Comienza con la prelectura (el contacto físico con los libros, la escucha de cuentos), pasa por la decodificación inicial, la lectura fluida y, finalmente, la lectura crítica y autónoma. En Primaria, debemos acompañar al niño en este viaje, ofreciendo en los primeros ciclos (1º a 3º) libros con predominio de la imagen, textos sencillos y estructuras repetitivas que den seguridad. En los ciclos posteriores (4º a 6º), se pueden introducir narrativas más complejas, novelas con capítulos, y una mayor diversidad de géneros (teatro, poesía, cómic) que respondan a su creciente capacidad de abstracción y a la diversificación de sus intereses. El objetivo último es que la lectura se convierta en una actividad voluntaria y gratificante, una fuente de ocio y conocimiento para toda la vida.
La competencia literaria va más allá del simple hábito lector; implica la capacidad de comprender, interpretar, valorar y disfrutar textos literarios de forma progresivamente autónoma y crítica. Según el marco curricular de la LOMLOE, esta competencia es una dimensión clave de la competencia en comunicación lingüística. Se articula en torno a varios saberes y habilidades interconectados. Primero, el "saber leer", que incluye la decodificación pero sobre todo la construcción de significado, la inferencia de informaciones implícitas y la comprensión global de la obra. Segundo, el "saber interpretar", que supone reconocer las convenciones básicas de los géneros literarios, identificar figuras retóricas sencillas (comparaciones, metáforas), analizar la estructura de la narración (personajes, trama, escenario) y empezar a dialogar con el texto, relacionándolo con las propias experiencias y conocimientos. Un tercer componente es el "saber valorar", que se refiere a la capacidad de expresar una opinión fundamentada sobre lo leído, argumentando sobre su contenido, estilo o los valores que transmite. Finalmente, el "saber crear", que implica la producción de textos sencillos con intención literaria (escribir un poema, un pequeño cuento, un diálogo teatral). El desarrollo de esta competencia debe ser gradual. En el primer ciclo, nos centraremos en la escucha atenta, la memorización de rimas y canciones, y la re-narración de historias sencillas. En el segundo ciclo, se profundizará en la identificación de los elementos narrativos, la lectura expresiva y las primeras producciones escritas. En el tercer ciclo, los alumnos deberían ser capaces de leer obras más extensas, participar en debates literarios, reconocer diferentes tipos de narrador y realizar análisis más detallados de los textos, sentando las las bases para un pensamiento crítico y una apreciación estética madura.
La creación de un ambiente lector en el aula y en el centro es esencial. Esto requiere una planificación intencionada y el uso de una amplia gama de estrategias y recursos. Una de las herramientas más poderosas es la Biblioteca de Aula, un rincón accesible y atractivo con una selección variada y rotativa de libros de calidad (álbumes ilustrados, cómics, novelas, poesía, teatro, libros informativos). El tiempo de lectura libre, o "lectura por placer", debe ser un momento sagrado en el horario escolar, donde los niños eligen qué leer sin la presión de una tarea posterior. Las estrategias de animación a la lectura son fundamentales: la lectura en voz alta por parte del docente es un modelo insustituible; las tertulias literarias dialógicas, basadas en los principios de Paulo Freire y popularizadas por Ramón Flecha, permiten una construcción colectiva del significado del texto; los clubes de lectura, los encuentros con autores o ilustradores, y la creación de "booktrailers" (vídeos cortos que recomiendan un libro) son actividades altamente motivadoras. La gamificación también ofrece grandes posibilidades: crear itinerarios lectores con retos y recompensas, pasaportes de lectura o juegos de pistas basados en libros. Las Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC) son aliadas clave: blogs de aula para reseñas literarias, podcasts con dramatizaciones, uso de aplicaciones de realidad aumentada que complementan la lectura o plataformas para crear narrativas digitales. El recurso central del centro debe ser la Biblioteca Escolar, concebida como un Centro de Recursos para la Enseñanza y el Aprendizaje (CREA), un espacio dinámico que no solo presta libros, sino que organiza actividades, ofrece formación a usuarios y colabora activamente con los proyectos de aula. Su correcta dinamización, liderada por un responsable con formación, es un indicador de la calidad del plan lector del centro.
El docente es la figura clave en la formación de lectores. Más que un mero transmisor de conocimientos, debe ser un mediador, un "lector modelo" que comparte su propia pasión por la literatura. Su rol implica varias funciones. Primero, ser un buen conocedor de la LIJ, para poder seleccionar textos adecuados, variados y de alta calidad literaria, que conecten con los intereses del alumnado pero que también les abran a nuevos horizontes. Segundo, ser un facilitador de experiencias lectoras significativas, creando un clima de confianza en el aula donde los alumnos puedan expresar sus ideas y emociones sobre lo leído sin temor a equivocarse. Tercero, ser un guía que proporciona al alumnado las herramientas para analizar e interpretar los textos, pero sin imponer una única visión, fomentando siempre el diálogo y el pensamiento crítico. Esta labor debe estar enmarcada en una planificación sistemática, el Plan de Fomento de la Lectura o Plan Lector del centro educativo. Este plan, recogido en el Proyecto Educativo de Centro (PEC), debe ser un documento coherente y consensuado por todo el claustro. Debe incluir objetivos claros y evaluables, una selección de actuaciones para el aula, el centro y la comunidad (implicando a las familias), criterios para la selección de fondos para la biblioteca y un plan de evaluación para medir su impacto. La planificación de la educación literaria no se limita a una hora a la semana; debe impregnar el currículo de forma transversal, utilizando textos literarios para trabajar contenidos de otras áreas y aprovechando cualquier oportunidad para leer, comentar y disfrutar de la literatura. El docente, por tanto, es el arquitecto de la experiencia literaria del niño.