T56. Formas originales del ensayo literario. Evolución en los siglos XVIII y XIX. El ensayo en el siglo XX.
El ensayo es un género literario en prosa, de extensión variable, que aborda un tema con una perspectiva subjetiva y personal. A diferencia de otros géneros, como el tratado o el estudio académico, el ensayo no pretende agotar el tema, sino explorarlo, reflexionar sobre él y ofrecer una visión original y crítica. Su carácter proteico y su capacidad para hibridar con otros discursos —el filosófico, el periodístico, el científico— lo convierten en un género de gran riqueza y complejidad. La etimología del término, procedente del francés "essai" (intento, prueba), ya apunta a su naturaleza tentativa y abierta. Fue Michel de Montaigne quien, en el siglo XVI con sus "Essais", sentó las bases del género, caracterizándolo por la introspección, el escepticismo y un estilo digresivo y conversacional.
En España, el ensayo como género moderno tarda en consolidarse. Durante el Siglo de Oro, encontramos prosistas como Fray Antonio de Guevara o Baltasar Gracián, cuyas obras presentan rasgos ensayísticos, pero no es hasta el siglo XVIII, con la Ilustración, cuando el género adquiere una verdadera carta de naturaleza. El espíritu crítico, el afán didáctico y la voluntad de reforma que caracterizan este periodo encontraron en el ensayo el vehículo de expresión ideal. La prensa periódica, en pleno auge, se convirtió en el principal canal de difusión de estas nuevas ideas, acogiendo textos breves, ágiles y de temática variada que analizaban las costumbres, la política, la ciencia o la literatura desde una óptica reformista. La Ley de Instrucción Pública de 1857 (Ley Moyano), aunque posterior, refleja la culminación de este espíritu ilustrado al sentar las bases de un sistema educativo nacional, fomentando la alfabetización y, con ella, la creación de un público lector más amplio, esencial para la consolidación del ensayo. Autores como Benito Jerónimo Feijoo y Gaspar Melchor de Jovellanos son las figuras más representativas de este periodo, utilizando el ensayo para combatir la superstición y promover el progreso y la razón. Sus obras, escritas con una clara voluntad de estilo, demuestran que el rigor intelectual no está reñido con la calidad literaria, sentando un precedente fundamental para el desarrollo posterior del género en España.
El siglo XVIII, conocido como el Siglo de las Luces, fue el caldo de cultivo perfecto para el florecimiento del ensayo en España. La influencia de la Ilustración francesa e inglesa, con su énfasis en la razón, la ciencia y la crítica, transformó el panorama intelectual español. El ensayo se convirtió en el arma principal de los ilustrados para difundir sus ideas reformistas y modernizadoras, combatiendo las viejas estructuras del Antiguo Régimen. El objetivo era "educar" a la nación, sacarla del atraso y la ignorancia que, a su juicio, la caracterizaban. En este contexto, la prosa de ideas adquirió una relevancia sin precedentes.
La figura clave de la primera mitad del siglo es, sin duda, Fray Benito Jerónimo Feijoo. Con su "Teatro crítico universal" y sus "Cartas eruditas y curiosas", se propuso desterrar errores comunes, supersticiones y falsas creencias a través de la razón y la evidencia empírica. Su estilo es claro, directo y didáctico, pero no exento de una fina ironía. Feijoo aborda una enorme variedad de temas, desde la física y la medicina hasta la historia y la literatura, siempre con un espíritu crítico y una curiosidad insaciable. Su obra tuvo un impacto inmenso y generó numerosas polémicas, pero fue fundamental para abrir España a las nuevas corrientes de pensamiento europeas.
En la segunda mitad del siglo, destaca la figura de Gaspar Melchor de Jovellanos. Político, jurista y escritor, Jovellanos encarna el ideal del ilustrado comprometido con la reforma del país. Sus ensayos, como el "Informe sobre la Ley Agraria" o la "Memoria para el arreglo de la policía de los espectáculos y diversiones públicas", son análisis rigurosos de los problemas de la España de su tiempo, en los que propone soluciones concretas basadas en los principios de la razón y el liberalismo económico. A diferencia de Feijoo, su prosa es más sobria y cuidada, con una mayor preocupación por la elegancia y la precisión. Otro autor relevante es José Cadalso, quien en sus "Cartas marruecas" utiliza la técnica del narrador extranjero para ofrecer una visión satírica y crítica de la sociedad española, sus costumbres y sus vicios. A través de la correspondencia ficticia entre un marroquí, su maestro y un español, Cadalso reflexiona sobre la identidad nacional, la decadencia y la necesidad de progreso, en una obra que combina la crítica social con la reflexión melancólica.
El siglo XIX fue una época de profundas transformaciones políticas, sociales y culturales en España, y el ensayo reflejó fielmente estas convulsiones. El género se diversificó y se impregnó de las corrientes ideológicas que marcaron el siglo: el liberalismo, el tradicionalismo, el romanticismo y, más tarde, el krausismo y el regeneracionismo. El periodismo se consolidó como el gran espacio para el debate de ideas, y muchos de los ensayistas más importantes fueron también periodistas.
En la primera mitad del siglo, Mariano José de Larra llevó el ensayo periodístico a su máxima expresión. En sus artículos, publicados en diversos periódicos bajo seudónimos como "Fígaro", Larra somete a la sociedad española a una crítica feroz y descarnada. Su pesimismo, su individualismo exacerbado y su estilo apasionado y brillante lo convierten en una figura plenamente romántica. Larra utiliza la sátira y la ironía para denunciar la pereza, la corrupción, la ignorancia y la falta de progreso de una España que parece anclada en el pasado. Su suicidio a los 27 años lo convirtió en un mito del escritor comprometido y atormentado.
Hacia mediados de siglo, el krausismo, una corriente filosófica idealista introducida en España por Julián Sanz del Río, tuvo una enorme influencia en el ámbito intelectual. Los krausistas, con su énfasis en la educación, la ética y la regeneración moral y espiritual, vieron en el ensayo una herramienta para transformar la sociedad. La Institución Libre de Enseñanza, fundada en 1876 por Francisco Giner de los Ríos, fue el principal foco de irradiación del pensamiento krausista. Giner, en sus ensayos pedagógicos, abogaba por una educación integral, laica y basada en el contacto con la naturaleza y el desarrollo del espíritu crítico, sentando las bases de la renovación pedagógica en España, que encontraría su reflejo en legislaciones posteriores como la LOMCE (Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa) y la actual LOMLOE (Ley Orgánica de Modificación de la Ley Orgánica de Educación), que siguen debatiendo sobre los principios de una educación integral y crítica.
A finales de siglo, el Desastre del 98 sumió a España en una profunda crisis de conciencia nacional. Surge entonces el Regeneracionismo, un movimiento intelectual que busca analizar las causas de la decadencia española y proponer soluciones. Joaquín Costa, con su lema "escuela y despensa", es la figura más destacada. Sus ensayos, de carácter político y sociológico, son análisis demoledores de los males de la patria, como el caciquismo o el atraso agrario. Ángel Ganivet, en su "Idearium español", ofrece una interpretación más filosófica y pesimista del "alma" de España. Estos autores prepararon el terreno para la brillante generación de ensayistas del siglo XX.
El siglo XX se inaugura con una de las generaciones de ensayistas más brillantes de la historia de España: la Generación del 98. Marcados por la crisis de fin de siglo, autores como Miguel de Unamuno, Azorín y Pío Baroja convirtieron el "problema de España" en el eje central de su reflexión. El ensayo noventayochista es profundamente subjetivo, antirretórico y de un estilo cuidado y personal. Se aleja del análisis sociológico del Regeneracionismo para adentrarse en una búsqueda más íntima y existencial de la identidad española, que a menudo se identifica con el paisaje de Castilla.
Miguel de Unamuno es la figura cumbre del ensayo de esta generación y, posiblemente, de todo el siglo XX español. Sus ensayos, como "En torno al casticismo" o "Del sentimiento trágico de la vida", son exploraciones apasionadas y paradójicas sobre la esencia de lo español, la fe, la razón y la angustia existencial. Unamuno crea un estilo único, el "ensayo vivíparo", caracterizado por la digresión, la interpelación al lector y una sinceridad brutal. Su pensamiento, influenciado por Kierkegaard, es agónico y combativo, siempre en busca de la verdad a través de la contradicción.
Azorín (José Martínez Ruiz) representa una vertiente más serena y estilística. Su prosa, de frases cortas y un léxico preciso, busca captar la esencia intemporal de España a través de la descripción minuciosa del paisaje y la relectura de los clásicos. En obras como "Castilla" o "La ruta de Don Quijote", Azorín defiende que el verdadero ser de España no está en los grandes acontecimientos históricos, sino en la vida cotidiana y anónima de sus gentes, en una visión que hoy podríamos conectar con la microhistoria.
La siguiente generación, el Novecentismo o Generación del 14, reaccionó contra el subjetivismo y el casticismo del 98. Liderados por José Ortega y Gasset, los novecentistas abogaron por un ensayo más riguroso, europeísta e intelectual. Su lema era la "deshumanización del arte", la defensa de un arte y un pensamiento puros, alejados del sentimentalismo. Ortega y Gasset es, junto a Unamuno, el otro gran pilar del ensayo español del siglo XX. Su obra, vasta y compleja, abarca desde la filosofía ("Meditaciones del Quijote", "El tema de nuestro tiempo") hasta la sociología ("La rebelión de las masas"). Ortega concibe el ensayo como una forma de "salvación" de las "circunstancias", un método para comprender la realidad a través del concepto y la razón vital. Su prosa, elegante y llena de metáforas brillantes, busca la claridad y el rigor, influyendo decisivamente en varias generaciones de pensadores.
La Guerra Civil (1936-1939) y la posterior dictadura franquista supusieron una fractura dramática en la cultura española. Muchos de los ensayistas más importantes, como Ortega y Gasset, partieron al exilio, donde continuaron su labor en condiciones difíciles. El ensayo del exilio, representado por figuras como Américo Castro, Salvador de Madariaga o Francisco Ayala, se centró en la reflexión sobre las causas de la guerra y la identidad histórica de España, a menudo con una visión crítica y heterodoxa.
En el interior de España, el ensayo quedó sometido a una estricta censura. A pesar de ello, surgieron figuras importantes que, desde dentro del régimen o en sus márficos, lograron mantener viva la llama del pensamiento crítico. Pedro Laín Entralgo, desde una perspectiva falangista pero abierta al diálogo, reflexionó sobre la historia y la ciencia en España. Julián Marías, discípulo de Ortega, se convirtió en el principal continuador de su magisterio. En la segunda mitad del franquismo, la progresiva apertura permitió una mayor diversidad temática y crítica. Autores como José Luis López Aranguren, desde la ética, o Enrique Tierno Galván, desde la sociología, realizaron importantes contribuciones al ensayo de ideas, preparando el terreno intelectual para la Transición.
Con la llegada de la democracia en 1978, el ensayo experimenta un nuevo auge. La libertad de expresión permite abordar temas hasta entonces prohibidos y se produce una eclosión de editoriales y revistas culturales. El género se diversifica enormemente. Surgen ensayistas vinculados al mundo académico, como Fernando Savater, cuya obra de divulgación filosófica ha tenido un gran éxito, o Victoria Camps, centrada en la ética y el feminismo. El ensayo literario encuentra continuadores en escritores como Javier Marías o Antonio Muñoz Molina, que combinan la reflexión con la narrativa. El ensayo histórico, con autores como Santos Juliá o Julián Casanova, ha realizado una labor fundamental de revisión del pasado reciente de España. Hoy en día, el ensayo sigue siendo un género vivo y necesario. En un mundo saturado de información, el ensayista ofrece una mirada crítica, personal y reflexiva, capaz de poner orden en el caos y de plantear las preguntas fundamentales sobre nuestro tiempo. La hibridación con el periodismo digital, los blogs y las redes sociales plantea nuevos retos y oportunidades para un género que siempre se ha caracterizado por su capacidad de adaptación y su vitalidad.