T7. Las lenguas de España. Formación y evolución. Variedades dialectales
España es un estado plurilingüe donde conviven el castellano, lengua oficial del Estado, con otras lenguas que son cooficiales en sus respectivos territorios. Esta situación está reconocida constitucionalmente en el artículo 3 de la Constitución Española de 1978, que establece que "el castellano es la lengua española oficial del Estado" y que "las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas de acuerdo con sus Estatutos".
El castellano o español es la única lengua oficial en todo el territorio nacional y es hablado como primera lengua por aproximadamente el 75% de la población. Es lengua materna de más de 47 millones de españoles y segunda lengua o lengua aprendida del resto.
El catalán es hablado en Cataluña, las Islas Baleares (donde recibe el nombre de catalán balear) y la Comunidad Valenciana (donde se denomina valenciano, aunque lingüísticamente es la misma lengua). También se habla en la Franja de Aragón y en el municipio de El Carxe (Murcia). Cuenta con aproximadamente 10 millones de hablantes. El Estatut d'Autonomia de Cataluña (2006) declara el catalán como "lengua propia" de Cataluña.
El gallego es la lengua propia de Galicia, hablada por unos 2,5 millones de personas. Está estrechamente emparentado con el portugués, con el que compartió origen románico hasta la independencia de Portugal en el siglo XII. El Estatuto de Autonomía de Galicia (1981) lo reconoce como lengua cooficial.
El euskera o vasco es la lengua más singular del panorama español. Es una lengua aislada, sin parentesco conocido con ninguna otra lengua viva, lo que la convierte en un vestigio preindoeuropeo de enorme interés lingüístico. Se habla en el País Vasco, Navarra (en la zona vascófona) y el País Vasco francés. Cuenta con aproximadamente 750.000 hablantes. El euskera batua es la variedad estandarizada, creada por la Real Academia de la Lengua Vasca (Euskaltzaindia) en 1968 para unificar los dialectos.
El aranés, variedad del occitano, es cooficial en el Valle de Arán (Cataluña) desde el Estatut de 2006. Lo hablan unas 5.000 personas.
Las lenguas románicas de la Península Ibérica (castellano, catalán, gallego-portugués, asturleonés, aragonés) son el resultado de la evolución del latín vulgar, condicionada por factores históricos, geográficos y de sustrato lingüístico.
El sustrato prerromano dejó huellas en todas las lenguas peninsulares. Antes de la romanización coexistían pueblos diversos: celtas (en el norte y oeste), íberos (en el este y sur), celtíberos (en el centro), vascos (en los Pirineos occidentales), tartesios (en el suroeste) y otros. El sustrato vasco, en particular, influyó en el castellano en rasgos como la pérdida de f- inicial latina (FILIUM > hijo, frente al catalán fill o gallego fillo), la ausencia del fonema /v/ y posiblemente el sistema vocálico de cinco fonemas.
La romanización (desde el 218 a.C.) impuso el latín como lengua común, pero no de forma homogénea. Las zonas de romanización más temprana e intensa (costa mediterránea) conservaron rasgos más próximos al latín clásico, mientras que las zonas de romanización tardía (norte montañoso) desarrollaron innovaciones peculiares.
Con la caída del Imperio Romano y las invasiones germánicas (siglo V), el latín vulgar comenzó a fragmentarse. Los visigodos, relativamente romanizados, no impusieron su lengua, pero dejaron un superestrato léxico (guerra, ropa, guardar, ganso) y onomástico (Rodrigo, Alfonso, Fernando).
La invasión musulmana (711) tuvo consecuencias lingüísticas decisivas. El árabe se convirtió en lengua de prestigio cultural y administrativo en Al-Ándalus durante ocho siglos, dejando un abundante superestrato léxico en castellano (aproximadamente 4.000 palabras: alfombra, almohada, aldea, aceite, azúcar, álgebra, algoritmo). Además, la Reconquista determinó la configuración lingüística: los núcleos de resistencia cristiana del norte (Asturias, Navarra, Aragón, Condados Catalanes) expandieron sus variedades romances hacia el sur conforme avanzaba la conquista, generando la distribución lingüística que, con variaciones, persiste hasta hoy.
El castellano surge en el condado de Castilla, territorio fronterizo del reino de León, entre los siglos IX y X. Sus rasgos innovadores frente a otras variedades romances (leonés, navarro-aragonés) responden a su carácter de lengua de frontera, menos conservadora y abierta a influencias vascas y a desarrollos propios.
Los primeros testimonios escritos del romance castellano son las Glosas Emilianenses y las Glosas Silenses (siglo X-XI), anotaciones marginales en latín de códices, en las que los monjes aclaraban palabras difíciles en su lengua vernácula. Estas glosas muestran un romance ya diferenciado del latín, con rasgos castellanos incipientes.
Durante los siglos XII y XIII, el castellano se expande con la Reconquista y comienza a utilizarse como lengua de cultura. El Cantar de Mio Cid (hacia 1200) es el primer gran monumento literario en castellano. Pero el impulso decisivo vino de Alfonso X el Sabio (1252-1284), quien impulsó la prosa castellana en la cancillería real, las crónicas históricas (Estoria de España), obras científicas (Lapidario, Tablas Alfonsíes) y jurídicas (Las Siete Partidas). Alfonso X normalizó el castellano como lengua de la administración y la cultura, estableciendo una ortografía relativamente estable y un léxico enriquecido.
El castellano medieval evolucionó fonéticamente durante los siglos XVI y XVII (reajuste consonántico de los Siglos de Oro): las sibilantes medievales (/ts/, /dz/, /s/, /z/, /ʃ/, /ʒ/) se simplificaron dando lugar al sistema moderno (con /θ/, /s/, /x/). Este proceso explica diferencias dialectales actuales como el seseo y el ceceo.
En 1492, Antonio de Nebrija publicó la Gramática de la lengua castellana, primera gramática de una lengua vulgar europea, que consolidó el prestigio del castellano. Nebrija afirmó que "la lengua fue siempre compañera del Imperio", anticipando la expansión americana.
La fundación de la Real Academia Española (1713) y la publicación del Diccionario de Autoridades (1726-1739), la Ortografía (1741) y la Gramática (1771) fijaron la norma del español moderno bajo el lema "Limpia, fija y da esplendor".
En el panorama dialectal del español peninsular distinguimos entre los dialectos históricos, resultantes de la evolución de otros romances peninsulares, y los dialectos innovadores o meridionales, surgidos de la expansión del castellano hacia el sur durante la Reconquista.
Los dialectos históricos son el leonés (o asturleonés) y el aragonés (o navarro-aragonés). El leonés se habla en zonas de Asturias (bable), León, Zamora (sayagués) y Miranda do Douro (mirandés, cooficial en Portugal). Presenta rasgos como los diptongos decrecientes (fueya por hoja), conservación de f- inicial, palatización de l- inicial y plurales en -es. El aragonés se conserva en los valles pirenaicos de Huesca (Ansó, Echo, Panticosa). Sus rasgos incluyen conservación de f- inicial (fillo), conservación de sordas intervocálicas (capeza) y plurales en -z. Ambos están en grave peligro de extinción y han sido reconocidos por la UNESCO como lenguas vulnerables.
Los dialectos meridionales surgieron de la expansión del castellano: andaluz, extremeño, murciano y canario. El mozárabe, la variedad románica hablada por los cristianos bajo dominio musulmán, desapareció con la Reconquista, pero dejó huellas toponímicas y léxicas.
El andaluz es el dialecto más extendido e influyente, hablado por 8 millones de personas. Presenta una notable diversidad interna. Sus rasgos fonéticos principales son: aspiración o pérdida de -s final (loj otroj), seseo (en Sevilla, Córdoba occidental) o ceceo (en zonas costeras y rurales), yeísmo generalizado, aspiración de j (/h/), pérdida de consonantes finales y fricativización de /tʃ/ (mushasho por muchacho). Fonológicamente, la pérdida de -s ha generado en algunas zonas un sistema de "abertura vocálica" donde el timbre distingue singular de plural.
El canario comparte rasgos con el andaluz (seseo, aspiración) por su poblamiento andaluz mayoritario, pero presenta peculiaridades como entonación característica y léxico de origen guanche (gofio, baifo) y portugués.
Las variedades dialectales del español peninsular se caracterizan por una serie de rasgos a diferentes niveles lingüísticos que permiten su identificación y descripción sistemática.
En el nivel fonético, los fenómenos más relevantes son: el seseo, realización de /θ/ como /s/ (casa y caza se pronuncian igual), característico del español de América, Canarias y parte de Andalucía occidental. El ceceo, realización de /s/ como /θ/ (sefo por seso), típico de zonas rurales y costeras de Andalucía. La distinción entre /s/ y /θ/ es propia del castellano norteño y del español estándar peninsular. El yeísmo, pronunciación de /ʎ/ como /ʝ/ (calle y caye), mayoritario en España excepto en zonas de Castilla. La aspiración de /s/ implosiva, que se convierte en /h/ o desaparece (esto > ehto > eto), característica meridional. La aspiración de /x/ como /h/ (caha por caja), típica de Andalucía, Extremadura y Canarias.
En el nivel léxico, cada zona presenta vocabulario característico. El andaluz conserva arabismos (alhucema, zaguán), andalucismos como zagal (muchacho) o jopo (mechón). El canario tiene guanchismos (gofio, tabaiba), portuguesismos (fechillo, gaveta) y americanismos (guagua por autobús, papa por patata). El leonés conserva arcaísmos y presenta celtismos; el aragonés, léxico pirenaico específico.
En el nivel morfosintáctico, destacan fenómenos como: el uso de ustedes por vosotros en Andalucía occidental y Canarias, que conlleva el uso de la tercera persona plural en lugar de la segunda ("¿Ustedes vienen?" por "¿Vosotros venís?"). La pérdida de vosotros está relacionada con procesos de nivelación similares al español americano. Otros rasgos incluyen el uso del pretérito perfecto simple en contextos donde el estándar usa el compuesto (Esta mañana comí por He comido), característico de Galicia, Asturias, León y algunas zonas de Andalucía. El leísmo, laísmo y loísmo presentan distribución geográfica: el leísmo de persona masculina está extendido en Castilla y es admitido por la RAE; el laísmo y loísmo son rechazados por la norma pero frecuentes en zonas de Castilla.